
Anoche estuve en una fiesta de cumpleaños de un compañero del trabajo. Llegué con hambre y me devoré dos hamburguesas.
Luego recordé que tenía sed y me tomé unas cervezas.
Luego no quise más alcohol y me tomé una coca.
Luego se me revolvió el estómago y tomé agua.
Luego quería algo dulce que no fuera coca, y tomé agua tónica.
Odio el agua tónica.
Luego recordé que tenía sed y me tomé unas cervezas.
Luego no quise más alcohol y me tomé una coca.
Luego se me revolvió el estómago y tomé agua.
Luego quería algo dulce que no fuera coca, y tomé agua tónica.
Odio el agua tónica.
Cuando era chica, hasta mis 12 años creo, mis abuelos vivían en Pompeya.
Habían venido de España escapando del franquismo (mi abuela siempre decía que la guerra fue culpa de Franco y de nortamérica), y se mudaron todos los Fernández con los Albarellos en la misma casa chorizo. Mis abuelos vivían en la casa del fondo.
Fin de semana por medio ibamos a almorzar pastas o asado a su casa. Tenían un parral sostenido por dos columnas de las que mi hermano y yo nos colgábamos jugando a alcanzar las uvas.
Los grandes tomaban vino con soda y para los chicos había agua tónica. Yo odiaba el agua tónica. Me dejaba el gusto amargo e insatisfecho entre los labios, y tenía que comer más para sacarme el gusto feo. Me aguantaba la sed todo lo que podía. Mi hermano zafaba porque a él le gustaba la soda (incluso una vez vi que mi papá le dio a probar vino, pero como no le gustó yo ni quise intentarlo). Solo quedaba el agua tónica llena de gas, y yo no podía enteder cómo les gustaba a mi abuela y a mi tío.
Para las fiestas, compraban cocacola. Era como un gran premio por haber soportado todo el año el agua tónica. Bueno, todo el año no. También estaban las pascuas y el huevo gigante.
Pero no había forma. Estaba condenada a sobrevivir a los almuerzos en casa de mis abuelos en Pompeya. La salsa de mi abuela siempre era rica. Pero el agua tónica…
Anoche estuve en una fiesta de cumpleaños de un compañero de trabajo. Y después de probar todas las bebidas a mi alcance sin lograr satisfacción, me la jugué para recordar lo horrible que sabía el agua tónica. Mientras la gente sudaba bajo las luces intermitentes, al ritmo de la cumbia que nos atravesaba la sangre, parada como estaba, bebí. Me golpearon los recuerdos sepia de una mesa de domingo y la gran familia Fernández-Albarellos de los cuales sólo quedamos la mitad. Se me escapó una mueca de costado. Respiré hondo, y cuando me sorprendí sonriendo, descubrí también que el agua tónica tenía gusto a infancia. Y a familia.



