miércoles, 27 de febrero de 2008

REC

Una vez íbamos en el auto y papá me contó acerca de la capacidad de almacenamiento de información de las computadoras. Yo estaba fascinada (y eso que en esa época todavía no existían ni las 486). Si fuese una computadora, pensaba, tendría grabado en mi cabeza el momento de mi nacimiento, el olor del bizcochuelo de mi primer cumpleaños, todo, todo… no tendría que aprender nada de memoria: cualquier cosa que leyese, me la acordaría... sería una sabia, una enciclopedia con patas y pelo largo. Igualmente papá me dijo que los cerebros están mucho mejor diseñados, porque las computadoras no distinguen entre lo importante y lo inútil, para ellas es todo lo mismo: simple información. En ese momento para mí nada era inútil, yo quería tener acceso absolutamente a todo lo que me había pasado. Ahora agradezco tener un cerebro borrador (con el correr de los años se fueron sumando demasiados acontecimientos traumáticos, patéticos, papeloneros, etc... que harían imposible la vida), claro que a veces ocurre, que surgen recuerdos de la papelera de reciclaje, loquísimos, loquísimos por lo insignificantes, pero cuando aparecen, son para mí un gran tesoro perdido, como por ejemplo el que tuve hoy, cuando me fui a fumar un pucho afuera y vi los plátanos de la vereda. Me acordé de que cuando el abuelo, hace mucho tiempo, me dijo cómo se llamaban, me pareció injusto que, llamándose así, no dieran bananas.

2 comentarios:

Isil dijo...

Los olores, los olores nos llegan al alma. Directo directo

Vivian García Hermosi dijo...

No había leído esto, euge. Es re lindo. Pienso lo mismo. Yo también (y cualquier persona que escribe, me imagino) considero esa clase de recuerdos como tesoros perdidos.